Una chica bella camina por la calle, sola, completamente confiada de una ciudad que asegura ser segura, da pasos intensos uno frente a otro.
La calle oscurecida iluminada tenuemente por luces parpadeantes que no alberga misterios en el andar cotidiano de la vida de la chica se convierte en un abrir y cerrar de ojos en un callejón, un aire de peligro la rodea, una presencia oscura detrás de ella con respiración agitada alerta a la chica de lo que está a punto de pasar. Sin pensarlo se aferra a su bolso como si valiese más que su vida.
Un par de brazos musculosos rodean su cuello presionando su tráquea , su vida de pronto se ve pendiendo de un hilo sumamente fino que amenaza con cortarse en cualquier instante. Cierra los ojos, se niega a aceptar ésta realidad, la maldad siempre había parecido cosa de noticieros y de cuentos que involucran amigos de amigos… El frío mortífero de una navaja que no discrimina se pega a su cuello tensando la piel con suficiente maestría para no cortarla pero suficiente como para saber que con el menor esfuerzo penetrara causando daño irreversible.
“La bolsa y tu celular” Susurra una voz que bien puede ser confundida con la voz del mal encarnada, aquellas palabras resuenan palpitantes en la mente de la chica, no sabe qué hacer, en su cabeza surcan ideas de aquello que está a punto de perder, una parte de sí misma, algo tan personal pero que a la vez no vale más que su propia vida… Titubeante tira su bolsa y despacio hace lo mismo con su celular unas cuantas monedas de su bolsillo y un rollo de billetes que poco antes había recibido de un buen amigo suyo como préstamo para la renta del mes.
Liberándola la voz le susurra “vete… vete despacio, camina como si nada”…
Camina pasos inseguros … camina lento… perdió sus cosas. No, perdió algo más, perdió inocencia… camina lento… perdió su departamento… camina un poco más rápido… perdió su confianza, parte de sí ahora es parte de otro que poco valor le da a la vida… empieza a llorar, trota… lo ha asimilado y explota…corre, grita, pide ayuda a gritos, a un Dios que por un instante se olvidó de ella, grita desesperada, denuncia… pasos acelerados que se escuchan más ágiles que los de ella en esos tacones, es perseguida, se acercan…se acercan, corre sin esperanza, su vida está pronta a su fin.
Grita, una mano se acerca a su nuca, siente la presencia, esa mano que antes sostenía a una navaja asesina ahora no tendrá recatos, un número será ella, un obituario, una nota roja, unos cuantos llantos, todo por un bolso y dinero… un golpe seco, y un segundo grito ahoga el suyo. “¡Déjala!”.
Un hombre desconocido ha embestido a aquél que se disponía a arrebatarle su vida, un hombre desconocido disfrazado por las luces… el forcejeo deja atónita a la chica, en verdad existe alguien capaz de defenderla en éste mundo que de pronto había quedado sin luz, pero, de pórticos se iluminan faroles, las cortinas en las ventanas vecinas se mueven inquietas, no tarda en salir el segundo héroe de la noche, la batalla está ganada. Uno tras otro salen para inmolar, para dar un grito de hastío ante la impotencia, en defensa de aquella que ahora comprende que no es defendida por quien es sino por lo que representa. Uno tras otro sale en pos de protesta, en pos de denuncia.
Ésta historia no se parece en nada a lo que tiendo a escribir pero me ha cautivado, no sólo por el valor que tiene en una sociedad como la mexicana sino también por lo verídica que es… una reflexión para nuestra mirada de cómplices ante situaciones aparentemente de impotencia.
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