
Por las mañanas por ingenuidad fui forzado a creer que en tus ojos veía el espíritu puro e impío de la única mujer perfecta.
Lo eras, viviste en mi corazón y tus palabras eran combustible de una vida, eras el alma de un cuerpo, eras, sin lugar a dudas, verdad y faro, norte magnético de las acciones de un simple mortal como yo.
Miro a las estrellas todas las noches, busco cielos claros, busco resplandores sobrehumanos, busco maravillas que sustituyan aunque sea en cierta medida tu cálido cuerpo, tu rebelde cabello matutino, tu voz en el auricular… Hoy mientras los cigarrillos se consumen uno a uno en un desfile de humo y bocanadas de humo sinsentido caigo en cuenta que la verdad es que ni la musa que inspira a las mujeres al sexo es capaz de retornar eso que murió en mi alma. Esperanzas a futuro, necesidad auténtica de comerme el mundo a mordidas, devorarlo…
Filas en el supermercado, cantos vacíos, escribo y canto intentando que el dolor melancólico encuentre desahogo en versos desgarradores y en escritos ni medianamente bien escritos… La verdad es que estoy solo y más vale ser el ingenuo más ingenua acompañado de la perfección que tú alcanzaste a ser alguien tan productivo como el mundo demanda y recorrerlo sólo.
Peces en el mar, estrellas en el cielo, gente en el mundo, mujeres en burdeles, vedettes en escena… Tú eras mi diamante, el único que podía brillar y hacerme brillar del modo que lo hacía, lo demás es perversión de mi parte, desahogo patológico del dolor verdadero que acoge a un alma vacía que ya no escribe ni arde con el fuego que sólo el alma de un amante y amado puede encender... De mí sólo quedan brasas en la chimenea, de mí quedan ideas y paseos y días juntos, en mí quedan restos de drogas que dejaron de funcionar hace ya un largo rato, de mí queda poco comparado a lo que era cuando estabas aquí.
Hoy quizá escriba en esperanza de que leas lo que dejaste atrás. Y yo me culpo, nunca debí de descuidar lo único bello y que vale la pena cuidar, un corazón verdaderamente enamorado de un corazón atolondrado por el ruido del mundo, y aborrezco el pensar que no fui un poco más impulsivo, que no lo dejé todo para estar contigo, que no hice maletas cuando me lo pediste, que escogí la vida que me vendían a la que en verdad quería. Me arrepiento de esto, me arrepiento de cada segundo que se vive sin ti, me arrepiento de buscar tu belleza en lunas y estrellas de noches silentes que no hacen más que recordar que lo único bello que tiene para ofrecer éste nimio mundo murió por culpa de una bestia de cuatro ruedas, una noche de copas y una ciudad imperdonable.
Sin embargo, mis versos aparecen sinceros en el procesador de textos… Eso sí que te lo agradezco porque ahora no escribo con fuego sino recuerdos del fuego que existió dentro de ti y de mí durante ese instante que juntos robamos a la eterna tristeza, escribo con la melancolía del que tiembla en la noche indigente mientras mira la fotografía de aquella navidad familiar frente al árbol junto a la chimenea… escribo de recuerdos. Escribo porque también así te recuerdo, porque así quizás debido a la ingenuidad que sabes que me caracteriza llegue a creer que tú no estás muerta.
Imagen del emblemático suicidio de Evelyn McHale
