
En el límite existente entre lo real y la fantasía se presentaron las alucinaciones y revelaciones que uno solo puede tener en el imperceptible momento en que lo real se trastorna y tergiversa al grado en que lo conocido parece desconocido. Cada una de las imágenes danzan en la habitación formando piruetas, dejando estelas de luz, creando muerte y vida a la vez. Comienzan los cantos.
Al despertar todo era común, todo parecía encajar perfectamente en el rompecabezas del destino, cada pieza se movía tan veloz como un destello de luz y a la vez tan pensada como en una buena partida de ajedrez. Observé maravillado la armonía de lo inconsciente jugueteando con la voz de los espejos y de las realidades. Existen en verdad tan pocos límites dentro de aquello que no se puede describir con palabras, que solo una palabra es capaz de acercarse a la complejidad de todo el asunto: Sueños.
Comenzada la tarde dos zanqueros se persiguen mutuamente, las miradas del público del centro de la ciudad se enfocan en ellos cuando de repente se acerca una bella doncella en pijama con una pluma en una mano, una hoja garabateada en la otra y una sonrisa en la cara. Pide firmas y pellizcos, quiere corroborar que no está soñando y ha pensado que recolectando firmas en algún punto podrá afirmarle que ese momento ocurre. Todos concedemos firmas y observamos el espectáculo de los zanqueros cuando en el cielo una nube desaparece, una mirada la ha desaparecido, la mirada del único espectador que no se centra en lo que tiene justo al frente sino en lo que ocurre por encima. El joven se acerca a todos y pregunta si alguien ha visto su hazaña y nadie le responde, parece invisible, es imperceptible.
De pronto una horda de piratas entra en escena, con paliacates y parches amenazan a los peatones que se les atraviesan, toman rehenes y ríen con voces aguardentosas, nadie sabe lo que quieren y los nervios en el pueblo se perciben. Uno se pone al frente de la horda y levantando su experimentada voz explica que quieren abrazos y que no se irán de ese punto hasta que todos regalen abrazos. Todos se abrazan y por un momento la fantasía de un precoz niño que ansía ver la felicidad de todos los seres humanos parece tomar el control de la situación. Observé detenidamente el espectáculo esperando un abrazo de los zanqueros o de la doncella cuando una fría mano me toca el hombro invitando a volver la mirada. Es una mujer de traje sastre impecable, con maquillaje a kilos en la cara y un pesado maletín en la mano. Al cruzar miradas deja su maletín en el piso y haciendo una curiosa oferta extiende los brazos, al hacerlo abre la boca y de ella surge una serpiente que habla en lugar de lo que debería ser una tierna voz y, con susurros, indica “Son diez pesos por abrazo, no te puedes negar”.
Colapsan los muros y uno a uno los piratas caen como bultos inertes, los zanqueros y la doncella en pijama lo hacen también, el joven de las nubes cae con la mirada fija en el cielo, al instante solo yo y esa mujer quedamos de pie. El miedo me ha tomado por los pies y ha recorrido cada centímetro de mi cuerpo, me quedo inmóvil frente a la mujer serpiente por un instante para luego emprender mi retirada, ella se ha quedado atrás y algo me dice que no volverá a molestar.
Al medio día me encuentro en una fiesta o la reminiscencia de la misma, nadie se percata de mi presencia. Un payaso bebe whisky on the rocks junto a una botarga de león, ambos fuman un pitillo y se miran. Se miran durante varios segundos hasta que la botarga abre su boca de peluche y expresa su poco amor a la vida, el payaso asiente y cada uno vuelve a su vaso sudado.
Al otro lado del salón hay una mesa con frituras de clases varias, cheetos, doritos, sabritones, pringles y paquetaxos, todas perfectamente pacíficas, charlan entre ellas y hablan de la fortuna con la que han corrido por estar en la única fiesta sin invitados que las coman. Entonces el piso tiembla, y de una pequeña puerta empotrada en la nada, con mucho esfuerzo, emerge un triceratopo, no es malo por naturaleza y el pensar que es herbívoro me tranquiliza, sin embargo lo anterior no lo exenta de ser muy molesto. Se acerca pícaramente a la barra de las optimistas frituras y se relame lo que sea que tengan en lugar de labios los triceratopos. Camina con paso cauteloso sin dejar de hacer al piso temblar con cada torpe movimiento que hace, llega hasta donde están las frituras que para éste punto permanecen silentes y expectantes observando a la gran criatura extinta frente a ellos. La bestia acerca su cabeza y sin previo aviso comienza a restregar su cara contra la mesa donde descansaban la inocente comida chatarra provocando que todas caigan al suelo dando gritos inaudibles para el dinosaurio. Solo me viene un pensamiento a la cabeza: “En serio que es molesto ese triceratopo.”
Por la tarde me encuentro sentado frente a una cascada que cae estrepitosa sobre el cuerpo de un burro moribundo, de su cuello cuelga un letrero que exculpa a su madre, la señora burra, y a su padre, señor burro, de su suicidio. La cascada no se inmuta y sigue su camino, pareciera ser insensible al dolor. Al acercarme al burro, la cascada cae con más furia impidiendo que aproxime mi esquelético brazo lo suficiente como para poder extraer el cuerpo del suicida, durante varias horas, quizá segundos, intento sin suerte. Es en ese momento que un zumbido rompe el rugido del agua voraz que cae sobre el incomprendido ser, es un zumbido tan molesto como el triceratopo y su empresa por molestar a las frituras. Un ejército de moscas gigantescas amenazan a la cascada quien abre sus aguas como cortinas para permitirle el paso a las aladas carroñeras. No pierden el tiempo y se llevan entre cinco el cuerpo del burro mientras que el resto zumba canciones sobre la deliciosa cena de esa noche.
Por la mañana un adolescente y su hermana puberta se acercan a mí, han visto una guitarra, un cabello verde y un paliacate a mi lado de modo que se han sentido incómodos. Han venido a decirme que tengo que cumplir con la tarea de echar a la calle a la guitarra, el pelo verde y al paliacate pues han generado en el recinto vibraciones negativas, sin embargo, me niego. Ese cabello verde, el paliacate y esa guitarra han sido en verdad leales, al menos más que la puberta y el adolescente, así tomo la guitarra en una mano, ato el paliacate a mi cintura, introduzco el cabello en mi cuero cabelludo y dejamos el lugar para nunca volver y comenzar lo que sería el sábado más memorable de nuestras vidas.
Por la noche bebo un poco de café, entro en mi habitación, cuelgo en la guitarra al paliacate y sobre ellos el cabello verde, sé que por la mañana del domingo ahí seguirán, antes de acostarme una niña se acerca con una estampa que vende a un peso, el paliacate la compra y la pega en mi tóxica frente, garantizando una amistad trascendental. La guitarra toca sus cuerdas y gritando asusta a la niña quien solo puede emitir un chirrido. El cabello verde intenta decir algo pero su lengua se le ha inflamado y en lugar de poder expresarse ha emitido balbuceos y un río de saliva, todos reímos durante horas.
Apago la luz y cada una de las imágenes danzan en la habitación formando piruetas, dejando estelas de luz, creando muerte y vida a la vez. Terminan los cantos.
Final alternativo, para los tres que han entendido algo de tantas experiencias:
Por la noche me siento sobre la húmeda sílice de la trampa de arena en el campo de golf, pienso en las amistades forjadas y en los motores de improbabilidad que han convergido para que éste día ocurriera. Entonces escucho gritos a lo lejos acercándose por los aires, es un convertible rojo que surca los cielos, conducido por el molesto triceratopo a lado de John Travolta. De la puerta cuelga el personaje de apoyo pelirrojo de un best seller inglés untado con mantequilla de maní estratégicamente a quien una lechuza picotea vehementemente. Algo molesta mi garganta y la aclaro sin recatos coreado con la misma acción por guitarra y eventualmente por paliacate y cabello. Una voz casi sin vida nos pide guardar silencio.
Comienzan los cantos: “Consomeh, consomeh, consomeh panchih…”.
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