lunes, 30 de marzo de 2009

Dulce Suicidio

Un cigarrillo en el cenicero, consumiéndose en la templada y oscura noche, no he logrado dormir más de dos horas seguidas en tres meses y ahí recostado una vez mas con la cabeza inmersa en fatídicos pensamientos escucho en lo lejano de la habitación el teléfono anunciar, tu ahora típica, llamada de media noche. Hablas de nimiedades, mi risa se proyecta en el auricular como muestra fisiológica de mi felicidad, en realidad es muestra de mi capacidad de reproducir emociones que hace tiempo que no siento, recuerdo y acoplo a mi vida lo que vi en alguna película; de algo sirve la televisión; continua la plática, preguntas lo que tiendes a preguntar, y yo respondo lo que tiendo a responder, llegamos al punto cliché de la conversación, el dialogo es casi protocolario y al cabo de un rato me repites lo mucho que me extrañas y cuanto me necesitas, yo hago lo mismo. Pasados quince minutos finalmente acordamos hablar de nuevo por la mañana.
Analicemos, no gané nada, no perdí nada, no sentí nada, no agregue nada nuevo a mi acervo cultural; no había necesidad de hablar esos quince minutos, perdida de tiempo. Un cuarto de hora atrás yo era mas joven, quince minutos mas joven y tenía quince minutos que pude haber invertido en alguna actividad provechosa como aprender el misterio que se esconde en las palomitas de maíz, pudrir mi cerebro con imágenes desfilando en una pantalla tan rápido como mi dedo en el botón del control remoto, leyendo revistas de famosos o, como seguramente hubiera sucedido si tu llamada no hubiera interrumpido mi vacía meditación, continuar sin hacer absolutamente nada, me lamento pues he perdido quince valiosos minutos de mi fructuosa vida.
Bocanada de humo, no tienes una idea de lo que te pierdes siendo solamente fumadora pasiva, además de sufrir las mismas consecuencias que un fumador, no sabrás nunca del relajante y tosco sabor de un cigarro por la noche, inspirador. Supere aquello de los quince minutos malgastados en ti cuando me di cuenta que para el fin de mi meditación acerca de nuestra mediocre conversación habían transcurrido veinticinco minutos mas, siento en mi rostro una sonrisa dibujarse gracias a mi poca capacidad de superar eventos de tan poca importancia, fumarada, ¿te has preguntado porque los humanos insistimos en dañar nuestro cuerpo? Yo no, pero dado las circunstancias hablaré al respecto, me viene a la mente Kim, aquel sujeto de las clases de Aikido que en mas de una ocasión descubrí abrazando un árbol, respeta, vive, no juzgues, disfruta, cuida, cuídate, deja que te cuiden, buena vibra; eran frases típicas de él quien por cierto sospecho que padece de alguna clase de enfermedad mental, él se daña pensando que el mundo es rosa pero así es como logra disfrutar la tortura que llamamos, irónicamente, vida, nosotros los fumadores depositamos en cada cigarrillo, mientras este se consume, minutos de existencia que sobran, el mejor suicidio que puede haber, siempre lo he pensado. Nos dañamos Kim y nosotros por dos motivos únicamente, el primero para ser aceptados como gente normal, el segundo para sentirnos vivos, jugar con el don mas preciado que pudimos haber recibido es el único método de comprobar que de verdad existe, como aquél que se infunde un fuerte pellizco solo para comprobar que no sueña una situación irreal.
¿A qué viene todo esto? Es supongo el razonamiento lógico para saber porque te amo, porque la gente ama a Dios, porque se ama más a aquél que fallece en el momento de su muerte que durante su vida, sentirnos vivos, amar a pesar de todo es a final de cuentas el dolor mas grande que puede existir en la vida, yo te amo porque te odio y me duele amarte, repudio la persona que te da gusto. pues el darte gusto siempre termina por administrarme una fuerte dosis de pena con un dulce toque de alegría sin embargo es esto lo que da motivo a mi existencia, tu te alegras y no sabes lo mucho que yo sufro, en mi corazón día a día se clava una espina nueva que espera tener una compañera a su lado para el siguiente día.

No encuentro motivos para escribir siquiera, bocanada de humo, se que solo es un reflejo mas del dolor que me aqueja que para poder conservar me quedo sin derecho a mostrarte, yo escojo reservarme todas estas cosas para mi, no te amo, amo el dolor que me das, pues es ese fuego que hace mi sangre hervir el que me da un motivo simple y conciso para existir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario